El Valle del Arco Iris
El Valle del Arco Iris —No —dijo Una, que, fascinada, no podÃa apartar los ojos del manguito de piel. Mary se inclinó por encima de ella, lo recogió y se lo puso a Una en las manos.
—Mete las manos un rato —ordenó—. Las tienes como lastimadas. ¿No es precioso mi manguito? Me lo regaló la señora Elliott la semana pasada, para mi cumpleaños. Para Navidad me va a regalar el cuello haciendo juego. La oà cuando se lo decÃa al señor Elliott.
—La señora Elliott es muy buena contigo —comentó Faith.
—SÃ. Y yo también soy buena con ella —respondió Mary—. Trabajo como una negra para facilitarle las cosas y tener todo como le gusta. Fuimos hechas la una para la otra. No todo el mundo podrÃa llevarse con ella tan bien como yo. Es maniática de la limpieza, pero yo también, asà que vamos bien.
—Ya te dije que nunca te golpearÃa.
—Es cierto. Nunca intentó ponerme una mano encima y yo nunca le he mentido, ni una vez, por la luz que me alumbra. A veces me echa algún sermón, pero a mà eso me resbala como el agua por el lomo de un pato. Eh, Una, ¿por qué te has quitado el manguito?
Una habÃa vuelto a colgarlo de la rama.
—No tengo frÃo en las manos, gracias —dijo secamente.