El Valle del Arco Iris
El Valle del Arco Iris Una nunca se sentía mal porque las mellizas de Ingleside estaban mejor vestidas que ella y Faith. Ellas usaban su ropa con gracia e indiferencia y parecía que nunca pensaban en eso. De alguna manera no hacían sentir mal vestidos a los demás. Pero cuando Mary Vance estaba bien vestida parecía rezumar ropa, caminar en una atmósfera de ropa, hacer que todo el mundo sintiera y pensara en términos de ropa. Una, sentada a la luz color miel del sol de una preciosa tarde de diciembre, se sentía aguda y desdichadamente consciente de todo lo que tenía puesto: la boina descolorida, que era sin embargo su mejor boina; la ajustada chaqueta que usaba desde hacía tres inviernos; los agujeros de la falda y de las botas; la estremecedora escasez de su pobre ropa interior. Claro que Mary iba de visita y ella no. Pero aunque fuera de visita tampoco tendría nada mejor que ponerse, y eso era lo que la aguijoneaba.
—¡Eh, esta goma es buenísima! Mirad cómo la hago sonar. En Cuatro Vientos no hay abetos de goma —añadió Mary—. A veces me muero por masticar un poco. La señora Elliott no me dejaría mascar goma si me viera. Dice que no es propio de una señorita. Ese asunto de lo que es propio de una señorita y lo que no lo es me tiene intrigada. Nunca termino de entenderlo. Eh, Una, ¿qué te pasa? ¿Te han comido la lengua los ratones?