El Valle del Arco Iris
El Valle del Arco Iris Ellen entró suavemente. Al abrir la puerta de la sala, Rosemary salía de la habitación. Estaba ruborizada y sin aliento. Un aire de tensión y apasionamiento la envolvía como un velo.
—¿Por qué no estás acostada, Rosemary? —preguntó.
Ellen.
—Ven aquí —dijo Rosemary con intensidad—. Quiero decirte algo.
Con calma, Ellen se quitó el abrigo y los chanclos y siguió a su hermana a la habitación cálida e iluminada por el fuego del hogar. Apoyó una mano sobre la mesa y esperó. Estaba hermosa en su estilo adusto y ceñudo. El vestido nuevo de terciopelo negro, con cola y escote en forma de uve, sentaba bien a su cuerpo majestuoso. Llevaba al cuello un pesado collar de cuentas de ámbar que era legado familiar. La caminata al aire frío le había coloreado las mejillas de un rojo subido. Pero los acerados ojos azules eran tan helados e inflexibles como el cielo de la noche de invierno. Esperó en un silencio que Rosemary pudo romper sólo con un esfuerzo convulsivo.
—Ellen, el señor Meredith ha estado aquí.
—¿Sí?
—Y… y me ha propuesto matrimonio.
—Eso esperaba. Lo rechazaste, por supuesto.
—No.