El Valle del Arco Iris

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Pero Ellen permaneció despierta hasta la mañana. Sin embargo, no hubo caras malhumoradas. Rosemary estaba pálida y callada al día siguiente pero, más allá de eso, Ellen no pudo detectar ninguna diferencia en ella. No parecía guardarle rencor alguno. Había tormenta, de modo que no habló de ir a la iglesia. Por la tarde se encerró en su habitación y le escribió una nota a John Meredith. No podía confiar en sí misma para decirle no personalmente. Estaba segura de que si él sospechaba que le decía que no en contra de su voluntad, no se conformaría y ella no podría enfrentarse a ruegos. Debía convencerlo de que no sentía nada por él y eso sólo podía hacerlo por carta. Le escribió el rechazo más rígido y frío posible. Era apenas cortés; no dejaba el menor resquicio de esperanza ni al más osado de los enamorados, y John Meredith estaba lejos de serlo. Se encerró en sí mismo, herido y mortificado, cuando al día siguiente leyó la carta de Rosemary en su polvoriento estudio. Pero por debajo de su mortificación tuvo una espantosa revelación. Él había creído que no amaba a Rosemary tan profundamente como había amado a Cecilia. Ahora que la perdía, se daba cuenta de que sí. Y sin embargo tenía que apartarla de su vida drásticamente. La vida se extendía frente a él con una espantosa monotonía. Debía seguir adelante; tenía su trabajo y sus hijos, pero el espíritu se le había ido del cuerpo. Se quedó toda la noche sentado y solo en el estudio frío, oscuro, incómodo, con la cabeza entre las manos. Encima de la colina, Rosemary tenía dolor de cabeza y se fue temprano a la cama, mientras Ellen hablaba con Saint George, que ronroneaba desdeñoso, de la tontería humana.


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