El Valle del Arco Iris
El Valle del Arco Iris El valle estaba lleno de hondonadas, la mayor de las cuales era su campo de juegos preferido. Allí se hallaban reunidos esta noche en particular. Había un bosque de jóvenes arces en la hondonada, con un diminuto claro con césped en el centro, que daba a la orilla del arroyo. Junto al arroyo crecía un abedul plateado, un árbol joven, increíblemente derecho, al que Walter había bautizado «dama blanca». En aquel claro también estaban los «árboles enamorados», como llamaba Walter a un abeto y un arce que crecían tan juntos uno del otro que sus ramas estaban inextricablemente unidas. Jem había colgado una vieja ristra de cascabeles de trineo, obsequio del herrero de Glen, en los árboles enamorados y cada brisa que los visitaba les arrancaba súbitos tintineos.
—¡Qué alegría estar de vuelta! —dijo Nan—. Después de todo, no hay en Avonlea ningún lugar tan bonito como el Valle del Arco Iris.