El Valle del Arco Iris

El Valle del Arco Iris

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Pero a pesar de esas palabras, todos querían mucho Avonlea. Una visita a Tejas Verdes era siempre tenida por un gran acontecimiento. La tía Marilla era muy buena con ellos, al igual que la señora Rachel Lynde, que pasaba la vejez tejiendo colchas de algodón para el día en el que las hijas de Ana necesitaran un ajuar. Había divertidos compañeros de juegos también: los hijos del tío Davy y los de la tía Diana. Conocían todos los lugares que su madre había querido tanto en su niñez en Tejas Verdes: la larga Senda de los Amantes, bordeada de rosas en la época de las rosas silvestres, el patio siempre bien ordenado, con sus sauces y sus álamos, la Burbuja de la Dríada, reluciente y bella como antaño, el Lago de las Aguas Resplandecientes y Willowmere. Las mellizas dormían en la antigua habitación de su madre en la buhardilla y la tía Marilla solía ir por las noches, cuando creía que dormían, a contemplarlas. Pero todos sabían que quería a Jem más que a todos los demás.

En aquellos momentos, Jem estaba ocupado friendo una carnada de truchas que acababa de pescar en el estanque. Su cocina consistía en un círculo de piedras rojas, con un fuego encendido sobre ellas, y sus utensilios de cocina eran una vieja lata, achatada a martillazos, y un tenedor al que le quedaba apenas un diente. No obstante, había preparado allí excelentes comidas.


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