El Valle del Arco Iris
El Valle del Arco Iris —¿No eran preciosas? —exclamó Faith, con los ojos brillando ante el recuerdo—. Reflejaban los árboles, las colinas y el puerto como si fueran pequeños mundos de hadas y, cuando las sacudÃamos y se soltaban, se iban volando por el Valle del Arco Iris.
—Todas menos una, que fue a estallar sobre la aguja de la iglesia metodista —señaló Carl.
—Me alegro de que lo hayamos hecho una vez, al menos, antes de averiguar que es malo —se consoló Faith.
—No habrÃa sido nada malo soltarlas en el jardÃn —dijo Mary, impaciente—. Me parece que no puedo meter el menor sentido común dentro de vuestras cabezas. Se os ha dicho más de una vez que no tenéis que jugar en el cementerio. Los metodistas son susceptibles al respecto. Debéis tenerlo en cuenta.
—Nos olvidamos —confesó Faith, triste—. Y el jardÃn es tan pequeño y está tan lleno de gusanos y de bichos… No podemos estar todo el tiempo en el Valle del Arco Iris… ¿adónde vamos a ir?
—Son las cosas que hacéis en el cementerio. No importarÃa si os quedarais sentados aquÃ, charlando, como estamos haciendo ahora. Bueno, yo no sé qué va a resultar de todo esto, pero sé que el vicario Warren hablará con vuestro padre. El diácono Hazard es primo suyo.