El Valle del Arco Iris
El Valle del Arco Iris Durante dos semanas todo transcurrió bien en el Club de la Buena Conducta. Parecía funcionar a las mil maravillas. Ni una vez hubo que acudir a Jem Blythe para que hiciera de árbitro. Ni una sola vez los niños de la rectoría pusieron en movimiento los chismes de Glen. En cuanto a sus pequeñas travesuras en casa, se vigilaban de cerca entre ellos y honestamente se sometían a los castigos autoimpuestos, generalmente una ausencia voluntaria a una divertida velada en el Valle del Arco Iris o una forzada estancia en la cama un atardecer de primavera, cuando anhelaban estar al aire libre. Faith se condenó a sí misma, por susurrar en la escuela dominical, a pasar todo el día sin hablar ni una palabra a menos que fuera absolutamente necesario, y lo logró. Fue una pena que el señor Baker, del otro lado del puerto, hubiera elegido aquel día para ir de visita a la rectoría y que Faith fuera la que le abrió la puerta. Ni una palabra respondió a su jovial saludo; se fue en silencio a llamar a su padre con el mínimo de palabras posible. El señor Baker se sintió algo ofendido y le dijo a su esposa cuando llegó a su casa que la mayor de las Meredith parecía muy tímida y ni siquiera tenía modales para contestar cuando se le dirigía la palabra. Pero las cosas no fueron más lejos y, en términos generales, sus castigos no causaron perjuicio alguno, ni a ellos ni a nadie más. Todos comenzaron a convencerse de que, después de todo, era muy fácil educarse a uno mismo.
