El Valle del Arco Iris

El Valle del Arco Iris

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—Mi padre me dijo que os trajera unos arenques —respondió Lida. Se estremeció, tosió y estiró los pies descalzos. Lida no pensaba en sí misma ni en sus pies, y no estaba pidiendo compasión. Levantó los pies instintivamente para alejarlos de la hierba mojada que rodeaba la tumba. Pero Faith y Una se vieron sacudidas por una oleada de compasión por ella. Se la veía con tanto frío, tan pobre…

—¡Ah! ¿Por qué andas descalza en una noche tan fría? —exclamó Faith—. Tendrás los pies congelados.

—Casi —admitió Lida con orgullo—. Os digo que ha sido espantoso caminar por ese camino del puerto.

—¿Por qué no te pusiste medias y zapatos? —preguntó Una.

—Porque no tengo. Los que tenía los gasté en el invierno —contestó Lida con indiferencia.

Por un momento, Faith quedó paralizada de horror. Eso era espantoso. Ahí estaba esa niña, casi una vecina, medio congelada porque no tenía ni medias ni zapatos en esta cruel primavera. La impulsiva Faith no pensó más que en el horror de la situación. Al instante se quitaba las medias y los zapatos.

—Toma, póntelo en seguida —dijo, poniéndoselos a la fuerza entre las manos a la asombrada Lida—. Rápido. Te vas a morir de frío. Yo tengo otros. Póntelos.


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