El Valle del Arco Iris

El Valle del Arco Iris

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Él era y siempre había sido un muchachito decidido y de confianza. Nunca rompía una promesa. No hablaba mucho. Sus maestros no lo consideraban brillante, pero era un buen estudiante. Nunca tomaba las cosas como se le presentaban, sino que le encantaba investigar por sí mismo la veracidad de una afirmación. Una vez Susan le dijo que si tocaba con la lengua un picaporte escarchado se le caería la piel. Jem lo hizo en seguida, «para ver si era cierto». Averiguó que sí lo era al costo de una lengua muy dolorida durante varios días. Pero a Jem no le molestaba el sufrimiento en interés de la ciencia. Mediante una constante experimentación y observación aprendía mucho y sus hermanos y hermanas pensaban que su extenso conocimiento sobre su pequeño mundo era algo maravilloso. Jem siempre sabía dónde crecían las primeras bayas, las más maduras; dónde despertaban tímidamente de su sueño invernal las primeras pálidas violetas; y cuántos huevos azules había en determinado nido de petirrojo en el bosque de arces. Podía decir la fortuna con los pétalos de las margaritas, chupar la miel a los tréboles rojos y arrancar todo tipo de raíces comestibles en las orillas del estanque, mientras Susan no dejaba de temer que terminaran todos envenenados. Sabía dónde podían encontrar la mejor goma de abeto: en los nudos ámbar pálido de la corteza con líquenes; sabía dónde crecían más nueces en los bosques de hayas de Harbour Head y dónde se encontraban las mejores truchas en los arroyos. Podía imitar la llamada de cualquier ave o animal silvestre de Cuatro Vientos y sabía dónde crecía cualquier flor silvestre desde la primavera hasta el otoño.


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