El Valle del Arco Iris
El Valle del Arco Iris La señorita Cornelia lo miró con aire de reproche y decidió que, en alguna ocasión futura, sugerirÃa a Ana que advirtiera al doctor que no dijera esas cosas. PodrÃan ser perjudiciales para su profesión. A la gente podrÃa metérsele en la cabeza que no era ortodoxo. Seguro que Marshall decÃa frecuentemente cosas peores, pero él no era un hombre público.
—Tengo entendido que el padre estuvo todo el tiempo en su estudio, con las ventanas abiertas, pero no se dio ni cuenta. Estaba absorto en un libro, como de costumbre. Pero ayer, cuando fue a casa, yo hablé con él.
—¡Cómo se atrevió, señora de Marshall Elliott! —exclamó Susan con tono de reprobación.
—¡Atreverme! Es hora de que alguien se atreva a algo. Caramba, dicen que no sabe nada de aquella carta de Faith al Journal porque nadie quiso mencionárselo. Y él nunca lee el Journal, por supuesto. Pero pensé que tenÃa que saberlo para impedir ese tipo de espectáculos en el futuro. Dijo que hablarÃa con los niños. Pero evidentemente se olvidó por completo del tema apenas traspuso nuestro portón. Ese hombre no tiene sentido del humor, Ana, créeme. El domingo pasado habló sobre «La educación de los niños». Fue un sermón hermoso, cierto, pero todo el mundo en la iglesia pensaba: «Qué lástima que no puedas practicar lo que predicas».