El Valle del Arco Iris
El Valle del Arco Iris —Yo estaba allà esa noche —dijo Susan—, y aunque no quise decirle nada, mi querida señora, no pude evitar pensar que era una pena que eligieran esa noche en particular. A mà se me congeló la sangre en las venas al saber que estaban allÃ, en la morada de los muertos, sentados y cantando esa canción tan frÃvola a voz en cuello.
—No entiendo qué hacÃa usted en una reunión de oración de los metodistas —manifestó con acidez la señorita Cornelia.
—Nunca oà decir que el metodismo fuera contagioso —replicó Susan con rigidez—. Y, como decÃa cuando me interrumpieron, por más que me sentà mal, no di el brazo a torcer con los metodistas. Cuando la esposa del diácono Baxter dijo, mientras salÃamos: «¡Qué espectáculo tan vergonzoso! —yo le dije, mirándola de frente—: Todos cantan muy bien y al parecer nadie de los de su coro se molesta jamás en venir a sus reuniones de oración. ¡Esas voces parecen estar afinadas sólo los domingos!». Se calló y supe que la habÃa puesto en su lugar. Pero me habrÃa sido mucho más fácil, mi querida señora, si hubieran omitido Polly Wolly Doodle. Realmente es terrible pensar en que alguien pueda cantar eso en un cementerio.
—Algunos de esos muertos cantaron Polly Wolly Doodle cuando estaban vivos, Susan. Tal vez les guste escucharla una vez más —sugirió Gilbert.