El Valle del Arco Iris
El Valle del Arco Iris La tía Martha no interfirió. Se limitó a mascullar en su acostumbrado estilo irritado: «¿En qué tontería os habéis embarcado ahora, sinvergüenzas?», y no pensó más en el asunto. El señor Meredith había salido antes de que se levantara nadie. Se fue sin desayunar, pero eso era bastante común. La mitad de las veces se olvidaba de desayunar y no había nadie para recordárselo. El desayuno de la tía Martha no era algo que lamentaran mucho perderse. Ni los hambrientos «sinvergüenzas» sintieron que fuera una privación demasiado grande abstenerse del «cereal grumoso y leche azul» que había motivado el desprecio de Mary Vance. Pero a la hora del almuerzo fue diferente. Entonces tenían un hambre canina y el olor a carne asada inundaba la rectoría, olor que era una delicia, a pesar de que el asado resultara luego medio crudo; fue casi más de lo que podían soportar. Desesperados, se fueron corriendo al cementerio, desde donde no podían olerlo. Pero Una no podía apartar los ojos de la ventana del comedor, a través de la cual se veía al pastor de Upper Lowbridge comiendo plácidamente.
—Si pudiera comer aunque sólo fuera un pedacito… —suspiró.