El Valle del Arco Iris
El Valle del Arco Iris —¡Bueno, basta! —ordenó Jerry—. Ya sé que es difÃcil, pero ése es el castigo. En este momento yo me comerÃa una imagen tallada, pero ¿me quejo? Pensemos en otra cosa. Tenemos que elevarnos por encima de nuestros estómagos.
A la hora de la cena no sintieron el aguijoneo del hambre como a la hora del almuerzo.
—Supongo que nos estamos acostumbrando —dijo Faith—. Yo tengo una sensación rarÃsima, pero no puedo decir que tenga hambre.
—Yo siento la cabeza rara —acotó Una—. Hay ratos que me da vueltas y vueltas. Pero fue a la iglesia con los otros, muy animosa. De no haber estado tan completamente inmerso en su tema, el señor Meredith habrÃa reparado en la carita pálida y los ojos hundidos en el banco de la rectorÃa. Pero no se dio cuenta de nada y el sermón fue más largo que de costumbre. Pero entonces, justo antes de que indicara el himno final, Una Meredith se desplomó del banco de la rectorÃa y cayó desmayada al suelo, como muerta.
La esposa del vicario Clow fue la primera en llegar a ella. Tomó el delgado cuerpecito de los brazos de una palidÃsima y aterrorizada Faith y lo llevó a la sacristÃa. El señor Meredith se olvidó del himno y de todo lo demás y salió corriendo como loco detrás de ella. La congregación dio por terminada la ceremonia de la mejor manera posible.