El Valle del Arco Iris
El Valle del Arco Iris Las chicas dirigieron una última mirada de angustia. Sí, reptaba, trepando por encima del terraplén, como ninguna ternera podría hacerlo. La razón huyó ante el pánico repentino y sobrecogedor. En ese momento, cada uno de los integrantes del trío estaba absolutamente convencido de estar viendo el fantasma de Henry Warren. Carl se puso en pie de un salto y salió corriendo. Con un alarido simultáneo, las chicas lo siguieron. Subieron la colina como locos, cruzaron el camino y entraron en la rectoría. Habían dejado a la tía Martha cosiendo en la cocina. No estaba. Corrieron al estudio. Estaba oscuro y vacío. Como siguiendo un único impulso, giraron en redondo y se dirigieron a Ingleside, pero no a través del Valle del Arco Iris. Bajaron la colina y, tomando la calle de Glen, volaron en las alas del terror más espantoso, con Carl a la vanguardia y Una a la retaguardia. Nadie intentó detenerlos, aunque todos los que los vieron se preguntaron en qué nueva diablura andarían los muchachitos de la rectoría. Pero en el portón de Ingleside se encontraron con Rosemary West, que venía de devolver unos libros.
Ella vio sus caras desencajadas y los ojos fijos. Se dio cuenta de que las pobres criaturas estaban presas de un terror espantoso y real, fuera cual fuese la causa. Cogió a Carl con un brazo y a Faith con el otro. Una chocó contra ella y la abrazó, desesperada.