El Valle del Arco Iris

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Norman se levantó de un salto y le tomó la mano.

—¡Bien! Sabía que lo harías, se lo dije a Ellen. Sabía que no llevaría más de un minuto. Ahora bien, muchacha, ve a tu casa y díselo a Ellen; celebraremos la boda dentro de quince días y tú vendrás a vivir con nosotros. No te dejaremos clavada en la cima de esa colina como un cuervo solitario, no te preocupes. Sé que me odias, pero, Señor, qué divertido va a ser vivir con alguien que me odia. La vida tendrá algo picante. Ellen me dará miel y tú me darás hiel. No voy a aburrirme.

Rosemary no condescendió a decirle que no había nada capaz de convencerla de ir a vivir a su casa. Lo dejó irse a Glen a grandes zancadas, desparramando deleite y complacencia, y ella caminó despacio colina arriba, hacia su casa. Sabía que iba a suceder algo parecido desde que volvió de Kingsport y se encontró con Norman Douglas instalado como una frecuente visita vespertina. Ni ella ni Ellen habían mencionado su nombre una sola vez, pero el evitarlo era significativo. No estaba en la naturaleza de Rosemary sentir rencor, de lo contrario habría sentido mucho. Era fríamente amable con Norman y no hacía diferencia alguna con Ellen. Pero Ellen no había hallado mucho aliento para su segundo noviazgo.


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