El Valle del Arco Iris

El Valle del Arco Iris

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Estaba en el jardín, escoltada por Saint George, cuando Rosemary llegó a casa. Las dos hermanas se encontraron en el sendero de las dalias. Saint George se sentó en el camino de grava entre ellas y enrolló graciosamente su lustrosa cola negra alrededor de las patas blancas, con toda la indiferencia de un gato bien alimentado, bien criado y bien acicalado.

—¿Has visto alguna vez unas dalias como éstas? —preguntó Ellen, orgullosa—. Son las más bonitas que hemos tenido.

A Rosemary nunca le habían gustado las dalias. Su presencia en el jardín era su concesión al gusto de Ellen. Vio una grande, moteada en rojo y amarillo, que reinaba por sobre todas las demás.

—Esa dalia —dijo, señalándola—, es exactamente como Norman. Fácilmente podría ser su hermana gemela.

El rostro bronceado de Ellen se coloreó. Ella admiraba a la dalia en cuestión, pero sabía que Rosemary no y que el comentario no era ningún cumplido. Pero no osó resentirse por las palabras de Rosemary; la pobre Ellen no osaba resentirse por nada en esos momentos. Era la primera vez que Rosemary mencionaba el nombre de Norman. Sintió que esto anunciaba algo.

—He visto a Norman Douglas en el valle —dijo Rosemary, mirando a su hermana a los ojos—, y me dijo que os queréis casar si te doy permiso.


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