El Valle del Arco Iris

El Valle del Arco Iris

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La gente de la parroquia decía que el señor Meredith malcriaba a sus hijos. Es muy probable que así fuera. Seguro que era incapaz de regañarlos. «No tienen madre», decía para sí, con un suspiro, cuando alguna travesura especialmente notoria le saltaba a los ojos. Pero ignoraba la mitad de sus correrías. Pertenecía a la secta de los soñadores. Las ventanas de su estudio daban al cementerio pero, mientras caminaba de un lado al otro de la habitación, reflexionando profundamente sobre la inmortalidad del alma, no reparaba en absoluto en que Jerry y Carl jugaban, muertos de risa, al salto de la rana sobre las losas planas de aquella morada de metodistas muertos. El señor Meredith tenía ocasionales y agudas tomas de conciencia de que sus hijos no estaban recibiendo tan buenos cuidados, ni físicos ni morales, como antes de la muerte de su esposa, y tenía una vaga idea de que la casa y las comidas eran muy distintas bajo la supervisión de la tía Martha de lo que habían sido bajo la de Cecilia. En cuanto al resto, vivía en un mundo de libros y abstracciones y, por lo tanto, aunque rara vez sus ropas recibían un cepillado y aunque las amas de casa de Glen llegaron a la conclusión, a juzgar por la palidez marmórea de sus delicados rasgos y sus delgadas manos, de que jamás comía lo suficiente, no era un hombre desdichado.



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