El Valle del Arco Iris
El Valle del Arco Iris Carl tenÃa los ojos claros, brillantes, de un profundo azul, valientes y directos, de su madre muerta, y los mismos cabellos castaños con destellos dorados. ConocÃa los secretos de los insectos y tenÃa una especie de cofradÃa con abejas y escarabajos. A Una no le gustaba sentarse cerca de él porque nunca se sabÃa qué extraño bicho podÃa ocultar. Jerry se negaba a dormir con él porque una vez Carl se habÃa llevado a la cama una culebra recién nacida, de modo que Carl dormÃa en su vieja camita, tan pequeña que él nunca podÃa estirarse del todo, y tenÃa extraños compañeros de cama. Tal vez el hecho de que la tÃa Martha fuera medio ciega resultara conveniente cuando hacÃa esa cama. En general, eran una camada divertida y encantadora; seguro que el corazón de Cecilia Meredith se encogió de pena al enfrentarse a la certeza de que debÃa dejarlos.
—¿Dónde te gustarÃa que te enterraran si fueras metodista? —preguntó Faith con jovialidad.
La pregunta abrió un interesante campo de especulación.
—No hay muchas opciones. Está todo ocupado —dijo Jerry—. Creo que a mà me gustarÃa aquel rincón cercano al camino. PodrÃa oÃr los coches que pasan y a la gente cuando charla.
—A mà me gustarÃa aquella pequeña hondonada bajo el abedul —declaró Una—. Ese abedul está lleno de pájaros y por las mañanas cantan como locos.