El Valle del Arco Iris
El Valle del Arco Iris —Yo elegirÃa el panteón de los Porter, donde hay tantos niños enterrados. Quiero tener mucha compañÃa —manifestó Faith—. ¿Y tú, Carl?
—Yo quisiera que no me enterrasen, pero, si no hay más remedio, querrÃa que fuera en ese hormiguero. ¡Las hormigas son tan interesantes!
—¡Qué buenos han debido de ser los que están enterrados aquÃ! —acotó Una, que habÃa estado leyendo los viejos y elogiosos epitafios—. Parece que no hay ni una sola persona mala en todo el cementerio. Los metodistas tienen que ser mejores que los presbiterianos, después de todo.
—A lo mejor los metodistas entierran a los malos como a los gatos —sugirió Carl—. A lo mejor no se molestan en traerlos al cementerio.
—TonterÃas —dijo Faith—. Los que están enterrados aquà no han sido mejores que otros, Una. Pero cuando alguien se muere no se puede decir nada de él que no sea bueno, porque si no vuelve y te asusta. Me lo dijo la tÃa Martha. Yo le pregunté a papá si era verdad y él me miró como sin verme y murmuró: «¿Verdad? ¿Verdad? ¿Qué es la verdad? ¿Qué es verdad, oh tú, bromista Pilatos?». Llegué a la conclusión de que ha de ser verdad.
—Me pregunto si el señor Alee Davis vendrá a asustarme si yo arrojo una piedra a la urna que hay encima de su tumba —se inquietó Jerry.