El Valle del Arco Iris

El Valle del Arco Iris

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Mary rara vez perdía la oportunidad de alabarse a sí misma. Les enseñó a hacer «bolsas de aire» con las gruesas hojas de la siempreviva que crecía en el viejo jardín de los Bailey; los inició en las sabrosas cualidades de unas hierbas amargas que crecían en los rincones del muro del cementerio; sabía hacer sombras chinescas en las paredes con sus dedos largos y flexibles. Y cuando todos iban a recoger goma en el Valle del Arco Iris, Mary siempre conseguía «la mascada más grande» y alardeaba de ello. Había momentos en que la odiaban y momentos en que la adoraban. Pero siempre les resultaba interesante. De modo que se sometieron con mansedumbre a su autoritarismo y, al cabo de dos semanas, les parecía que había estado con ellos desde siempre.

—Es rarísimo que la señora Wiley no me haya buscado —dijo Mary—. No lo entiendo.

—Tal vez no te busque nunca —aventuró Una—. Entonces podrías seguir viviendo aquí.





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