El Valle del Arco Iris
El Valle del Arco Iris Mary ejecutó un baile salvaje alrededor de la desolada y atónita Rilla, agitando la falda rota y vociferando: «¡MÃrame… mÃrame!», hasta que la pobre Rilla se mareó. Pero cuando ésta intentó escabullirse hacia el portón, Mary volvió a cortarle el paso.
—Dame esa canasta —ordenó, haciéndole la burla. Mary era toda una maestra en el arte de hacer la burla. PodÃa hacer de su cara una cosa grotesca y sobrenatural en medio de la cual sus extraños y brillantes ojos blancos resplandecÃan con un efecto espectral.
—No —balbuceó Rilla, asustada pero firme—. Déjame pazar, Mary Vanz.
Mary le dio paso y miró alrededor. Al otro lado del portón habÃa un pequeño bastidor sobre el que se secaban media docena de grandes bacalaos. Uno de los feligreses del señor Meredith se los habÃa regalado un dÃa, tal vez en lugar de la suscripción que se suponÃa que debÃa pagar para contribuir a su manutención y que nunca habÃa pagado. El señor Meredith le dio las gracias y luego se olvidó por completo del pescado, que se habrÃa echado a perder de no ser por la infatigable Mary, que lo preparó para secar, y ella misma armó el bastidor para ponerlo.