El Valle del Arco Iris
El Valle del Arco Iris —¡Ja! ¡Llevará las patatas a la mesa con tiras de cascara colgándoles y medio crudas, como siempre! Ah, pero cómo voy a disfrutar cuando vaya a su entierro —aulló Mary. Salió de la cocina dando tal portazo que hasta la tía Martha lo oyó y, en su estudio, el señor Meredith sintió la vibración y pensó distraído que seguramente había habido un levísimo terremoto. Luego continuó con su sermón.
Mary se bajó del portón y encaró a la inmaculada damisela de Ingleside.
—¿Qué tienes ahí? —preguntó, tratando de apoderarse de la canasta. Rilla se resistió.
—Ez pada el zeñod Mededith —dijo.
—Dámela a mí. Yo se la daré —insistió Mary.
—No. Zuzan me dijo que no ze la dieda a nadie máz que al zeñod Mededith o a la tía Martha —insistió Rilla. Mary la miró agriamente.
—¡Te crees quién sabe quién, ¿no?, por andar vestida como una muñeca! Mírame a mí. ¡Mi vestido está hecho harapos y no me importa! Prefiero estar vestida de harapos y no como una muñequita. Vete a tu casa para que te pongan en una cajita de cristal. ¡Mírame a mí… mírame… mírame!