Emily la de Luna Nueva
Emily la de Luna Nueva Luna Nueva era famosa por sus manzanas y ese primer otoño de la vida de Emily el jardín «viejo» y el jardín «nuevo» dieron, los dos, una cuantiosa cosecha. En el nuevo estaban las manzanas con título y prosapia; y en el otro, las silvestres, ignoradas por los catálogos, que tenían sin embargo un gusto delicioso y característico. No había prohibición alguna con respecto a las manzanas y Emily tenía libertad para comer todas las que quisiera de cualquier clase: la única prohibición era que no se llevara ninguna a la cama. La tía Elizabeth, con razón, no quería su cama llena de semillas de manzana, y a la tía Laura le daba pánico que alguien comiera manzanas a oscuras, por miedo a que se tragara un gusano. Por lo tanto, Emily tendría que haber sido capaz de saciar ampliamente en casa su apetito de manzanas, pero hay un rasgo extraño en la naturaleza humana en virtud del cual el sabor de las manzanas pertenecientes a otro es siempre ampliamente superior al de las propias, como bien lo supo la astuta serpiente del Edén. Emily, como la mayoría de las personas, poseía ese rasgo y, en consecuencia, creía que no había manzanas más deliciosas que las de John el Altivo. Él tenía por hábito tener una larga fila de manzanas en una de las vigas de su taller y se daba por sentado que ella e Ilse podían servirse a gusto cada vez que visitaran ese encantador lugar polvoriento y alfombrado de serrín. Tres variedades de las manzanas de John el Altivo eran sus preferidas: las «cara sucia», que parecían como si tuvieran lepra, pero eran de una delicia insuperable por debajo de la piel manchada; las manzanitas rojas, apenas más grandes que un cangrejo, de un rojo oscuro y brillantes como el satén, con ese gustito tan dulce y fuerte, y las grandes manzanas verdes dulces, que por lo general eran las que más les gustaban a los niños. Emily consideraba perdido aquel día en que el sol se ponía sin que la viera comiéndose una de las grandes manzanas verdes de John el Altivo.