Emily la de Luna Nueva
Emily la de Luna Nueva Emily vio, o sintió, un cuerpo que pasaba a su lado a toda velocidad. El dueño del cuerpo corrió hasta situarse a tres metros del toro, arrojó una piedra certera a la cara peluda del monstruo y salió corriendo a toda velocidad y en ángulo recto hacia la cerca. El toro, ofendido, se volvió con un rugido amenazador y arremetió contra el intruso.
—¡Corre! —le gritó el muchacho a Emily por encima del hombro.
Emily no corrió. A pesar del terror, algo en ella no le permitía correr hasta no cerciorarse de que su galante salvador había logrado escapar. Él llegó a la cerca justo a tiempo. Entonces y no antes, Emily también corrió y saltó la cerca justo cuando el toro ya corría por la pradera hacia ella, evidentemente decidido a pillar a alguien. Temblando, Emily caminó por entre la alta hierba de las dunas de arena y se encontró con el muchacho en la esquina de la cerca. Se detuvieron y se miraron un momento.
El muchacho era un desconocido para Emily. Tenía una cara alegre, descarada, de rasgos nítidos, con agudos ojos grises y muchos rizos oscuros. Llevaba tan poca ropa como permitía la decencia y algo en la cabeza que aspiraba a ser un sombrero. A Emily le gustó; no había en él nada del sutil encanto de Teddy, pero poseía una fuerte atracción y acababa de salvarla de una muerte espantosa.