Emily la de Luna Nueva
Emily la de Luna Nueva Había ventajas en sentarse en el banco lateral. Se veía toda la escuela sin tener que volver la cabeza, y la señorita Brownell no podía acercarse sigilosamente por detrás para ver lo que estaban haciendo, pero, a ojos de Emily lo mejor era que podía mirar «el bosque de la escuela» y contemplar los viejos abetos rojos donde jugueteaba la Señora Viento, los largos flecos de musgo gris verdoso que colgaban de las ramas, como banderas de la Tierra de los Duendes, las ardillitas rojas que corrían por el cerco, y las maravillosas sendas de nieve blanca donde caían manchas de luz solar como charcos de vino dorado. Y había un claro entre los árboles por donde podía verse, más allá del valle de Blair Water, las dunas y el golfo. Aquel día las dunas estaban suavemente redondeadas y relucían en su blancura bajo la nieve, pero, más allá, el golfo era de un azul oscuro y profundo y grandes masas blancas de hielo resplandecientes, como pequeños iceberg flotando. Mirar le provocaba a Emily un placer inexpresable, pero que debía intentar expresar. Comenzó su poema. Se olvidó por completo de los quebrados: ¿qué tenían que ver los numeradores y los denominadores con aquella nieve blanca, el azul celestial, las copas oscuras de los abetos contra un cielo perlado y las etéreas sendas boscosas de perlas y oro? Emily se perdió en su propio mundo hasta tal punto que no se enteró de que los alumnos de geografía se habían ido cada uno a su asiento y que la señorita Brownell, al ver la absorta mirada de Emily clavada en el cielo mientras buscaba una rima, se acercaba suavemente a ella. Ilse estaba dibujando en la pizarra y no la vio, de lo contrario le habría avisado. Emily sintió de pronto que le quitaban la pizarra de las manos y oyó a la señorita Brownell que decía: