Emily la de Luna Nueva
Emily la de Luna Nueva —Supongo que terminaste las sumas, Emily.
Emily no había terminado ni una sola suma, sino que había cubierto su pizarra de versos, versos que la señorita Brownell no debía ver, ¡no debía ver! Emily se puso de pie de un salto y se aferró, desesperada, a su pizarra. Pero, con una mirada de maliciosa satisfacción en los labios delgados, la señorita Brownell la levantó fuera del alcance de la niña.
—¿Qué es esto? No parece ser… precisamente… quebrados. Versos sobre la bista (vista con b) desde la ventana de la escuela de Blair Water. Caramba, niños, al parecer tenemos una floreciente poetisa entre nosotros.
Las palabras eran inofensivas pero ¡ay, esa odiosa sonrisa despectiva que tono, que desprecio, que burla escondían! A Emily le cruzaron el alma como un latigazo. Para ella, no había nada más terrible que la idea de que sus queridos «poemas» fueran leídos por ojos intrusos, fríos, despiadados, desdeñosos… y extraños.
—Por favor, por favor, señorita Brownell —tartamudeó, sintiéndose muy desgraciada—, por favor no los lea, los borraré, haré las sumas en seguida. Pero por favor no los lea. No… no es nada.
La señorita Brownell rió con crueldad.