Emily la de Luna Nueva
Emily la de Luna Nueva Emily pareció perder el don del habla. No se le ocurrÃa nada para decir, ¡ay, si pudiera despertar! Ni siquiera podÃa salir corriendo.
—¡Dilo! —insistió la tÃa Tom, pegando con fuerza sobre una piedra del sendero con el bastón.
Emily estaba tan aterrorizada, que habrÃa dicho cualquier cosa, cualquiera, para escapar. Pero en ese momento, saltando desde el bosquecillo de abetos, apareció Perry, blanco de rabia, y cogió a su tÃa Tom por el hombro con mucha desconsideración.
—¡Vete a casa! —dijo, furioso.
—Bueno, cariño —balbuceó la tÃa Tom, en tono de disculpa—. Sólo trataba de hacer algo por ti. Le estaba pidiendo que se casara contigo dentro de un tiempo y…
—¡Cuándo quiera, yo me declararé! —Perry estaba más enfadado que nunca—. Lo has estropeado todo. Vete a casa. ¡Vete a casa, te digo!
La tÃa Tom se marchó, arrastrando los pies y murmurando:
—Entonces no pienso derrochar mi dinero. Si no hay una Murray, no hay dinero, muchacho.
Cuando desapareció por el sendero del arroyo, Perry se volvió a Emily. Del blanco habÃa cambiado por completo al rojo.