Emily la de Luna Nueva

Emily la de Luna Nueva

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CAPÍTULO VEINTISIETE

El juramento de Emily

En Dean Priest, Emily encontró, por primera vez desde la muerte de su padre, un compañero completamente solidario. Siempre estaba del mejor de los humores cuando estaba con él, y tenía la deliciosa sensación de ser comprendida. Amar es fácil y, por lo tanto, común, pero comprender, ¡qué poco común! Juntos vagaban por las tierras maravillosas de la fantasía en los mágicos días de agosto que siguieron a la aventura de Emily en la costa de la bahía, hablaban de temas exquisitos, inmortales, y se sentían cómodos con «las viejas alegrías de la naturaleza», de las que Wordsworth habla con tanto júbilo.

Emily le enseñó todas las poesías y las «descripciones» de su cuaderno, que él leía con seriedad y, exactamente como había hecho su padre, le hacía pequeñas críticas que no la molestaban porque sabía que eran justas. En cuanto a Dean Priest, una fuente de fantasía que parecía haberse secado hacía mucho en él comenzó a burbujear otra vez, resplandeciente.

—Me haces creer en las hadas, aunque no quiera —le dijo— y eso significa juventud. Mientras uno crea en las hadas no puede envejecer.

—Pero yo no puedo creer en las hadas —rezongó Emily, apenada—. Me encantaría poder creer.


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