Emily la de Luna Nueva
Emily la de Luna Nueva La casa de la hondonada
La casa de la hondonada quedaba «a un kilómetro de cualquier parte», según decía la gente de Maywood. Estaba situada en un pequeño valle cubierto de hierba y parecía no haber sido construida, sino haber crecido allí como un gran hongo castaño. Se llegaba por un largo camino verde y estaba casi oculta a la vista por un círculo de abedules jóvenes. Desde aquella casita no se veía ninguna otra, pues el pueblo quedaba al otro lado de la colina. Ellen Greene decía que era el lugar más solitario del mundo y juraba que no se habría quedado allí ni un solo día, de no ser porque le daba pena la niña.
Emily no sabía que se compadecían de ella ni sabía que quería decir la palabra soledad. Ella tenía compañía suficiente. Estaban papa, Mike y Saucy Sal; la Señora Viento siempre andaba por los alrededores y había árboles: Adán y Eva, y el Pino Gallo y las amistosas señoritas abedules.
Y, además, estaba «el destello». Ella nunca sabía cuando aparecería y la expectativa la mantenía emocionada y atenta.
