Emily la de Luna Nueva
Emily la de Luna Nueva Pero escribir cuentos era un asunto diferente, y la tía Elizabeth estaba horrorizada. La ficción de cualquier tipo era algo abominable. Elizabeth Murray había sido criada en esa creencia y a sus años no se había apartado de ella. Pensaba, con toda sinceridad, que era pernicioso y pecaminoso jugar a las cartas, bailar o ir al teatro, leer o escribir novelas y, en el caso de Emily, había un rasgo peor: era su herencia Starr que salía a la superficie, en especial la herencia de Douglas Starr. Ningún Murray de la Luna Nueva había sido culpable de escribir «cuentos» ni de querer escribirlos. Era un brote extraño que había que podar sin piedad. La tía Elizabeth aplicó las tijeras de podar y no se encontró con una débil y superficial raíz sino con la veta de granito enraizada. Emily se mostró respetuosa, razonable y sincera; no compró más papel con el dinero de los huevos, pero le dijo a la tía Elizabeth que no podía renunciar a escribir cuentos y siguió escribiéndolos, en pedazos de papel de estraza, de envolver y en la parte de atrás de las circulares que las firmas de maquinaria agrícola le enviaban al primo Jimmy.
—¿No sabes que es absurdo escribir novelas? —le preguntó la tía Elizabeth.
—Ah, pero yo no escribo novelas… todavía —contestó Emily—. No tengo papel suficiente. Son sólo cuentos. Y no es absurdo. A papá le gustaban las novelas.