Emily la de Luna Nueva
Emily la de Luna Nueva A la mañana siguiente, mientras el primo Jimmy ataba las cajas en la parte de atrás del coche de doble asiento y la tÃa Elizabeth le daba a Ellen las últimas instrucciones, Emily se despidió de todo: del Pino Gallo y de Adán y Eva («Me vais a extrañar tanto cuando me haya ido; no habrá nadie aquà para quereros» dijo, melancólica), de la reja en forma de araña, de los vidrios de la ventana de la cocina, del viejo sillón de respaldo alto, del lecho de césped, de los abedules plateados. Luego subió a la ventana de su antiguo dormitorio. A Emily siempre le habÃa parecido que aquella ventana se abrÃa a un mundo de maravilla. En el cuaderno quemado habÃa un texto del que ella estaba especialmente orgullosa: «Descrición del paisage desde mi bentana». Se habÃa sentado allà a soñar; por las noches se arrodillaba allà y rezaba. A veces las estrellas brillaban a través de esa ventana, a veces la lluvia golpeaba contra ella, a veces los pequeños gorriones y las golondrinas la visitaban, a veces un aroma fresco entraba por ella desde el manzano y las lilas, a veces la Señora Viento reÃa, suspiraba, cantaba y silbaba junto a ella: Emily la habÃa oÃdo en las noches oscuras y en las violentas tormentas blancas del invierno. A la Señora Viento no le dijo adiós, pues sabÃa que la Señora Viento estarÃa en la Luna Nueva también, pero le dijo adiós a la ventana y a la colina verde que habÃa amado, y a sus tierras yermas habitadas por las hadas y a la pequeña Emily del espejo. PodrÃa haber otra Emily del espejo en la Luna Nueva, pero no serÃa la misma. Quitó de la pared la foto del vestido de baile que habÃa cortado de una revista de modas y se la guardó en el bolsillo. Era un vestido precioso, todo de encaje blanco y ramos de capullos, con una cola larguÃsima de volantes de encaje que seguramente era tan larga como toda una habitación. Emily se habÃa imaginado mil veces a sà misma con aquel vestido, flotando, hecha una reina de belleza, en un salón de baile.