Historias de Avonlea

Historias de Avonlea

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—Son un conjunto de salvajes.

—Nunca conocí muchachos que no lo fueran.

—Yo… Yo… creí que quizá le gustasen más las niñas —dijo la señora Allan, dudosa. De no haber sido por una cosa (que por nada del mundo admitiría ante la señora Allan), hubiese creído que las niñas eran mejores. Pero lo cierto era que Anne Shirley iba a esas clases, y era la única criatura viviente a quien yo temía. No era que me disgustase. Pero tenía la costumbre de hacer tales preguntas áridas e imprevistas, que no las hubiesen contestado los siete sabios de Grecia. La señorita Rogerson dio una vez clase y Anne Shirley la derrotó en toda la línea. Yo no me iba a hacer cargo de una clase con una preguntona tal. Además, pensé que la señora Allan necesitaba que la desairasen un poco. Las esposas de los reverendos, si no se las corrige a menudo, llegan a creer que son capaces de manejar todo y a todos.

—Señora Allan, no debemos considerar lo que yo creo que es mejor —respondí—, sino lo que es mejor para esos muchachos. Tengo la sensación de que yo seré lo mejor para ello.

—¡Oh, señorita MacPherson, no lo dudo! —respondió amigable la señora Allan. Aunque fuera la mujer del ministro, dudaba. Pensaba que yo sería un horrible fracaso como maestra de niños.


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