Historias de Avonlea

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Pero no lo fui. Casi nunca fracaso cuando decido hacer algo. Me destaco por ello.

—Es maravillosa la reforma que ha llevado usted a cabo en ese curso, señorita MacPherson, maravillosa —dijo el reverendo Allan algunas semanas después. No tenía intenciones de que se notara cuán sorprendente le parecía que lo hubiese conseguido una solterona que se destacaba por odiar a los hombres. Pero su cara lo traicionó.

—¿Dónde vive Jimmy Spencer? —pregunté secamente—. Vino un domingo tres semanas atrás y no ha reaparecido. Tengo intenciones de saber por qué.

El señor Allan tosió.

—Tengo entendido que está trabajando en casa de Alexander Abraham Bennett, por el camino a White Sands.

—Pues entonces voy a casa de Alexander Abraham Bennett, por el camino a White Sands, a saber por qué no viene Jimmy Spencer a la Escuela Dominical —dije con firmeza.

El señor Allan guiñó ligeramente el ojo. Siempre he insistido en que si no fuese religioso, ese hombre tendría sentido del humor.

—Posiblemente, el señor Bennett no apreciará su bondadoso interés. Manifiesta una singular aversión hacia el sexo de usted, según creo. Desde que murió su hermana hace veinte años, no se sabe que ninguna otra mujer haya pisado su casa.


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