Historias de Avonlea

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Thomas se encogió de hombros y se fue. Probablemente pensaba que me estaba buscando problemas, pero no dijo nada. Tan pronto como nos vimos libres de él, comenté casualmente a Stephen que entendía que iba a llevarse a una de mis vecinas cosa que no sentía, aunque fuera una buena vecina, y que la echaría mucho de menos.

—Sospecho que no tendrá la oportunidad de echarla de menos —dijo Stephen hoscamente—. Me han dicho allí que no soy persona grata.

Me sorprendió que Stephen fuera tan franco, pues no creí llegar tan fácilmente al fondo del asunto. No era de los que se sinceran, pero parecía aliviarle hablar. Nunca vi a un hombre tan herido por algo. Me contó todo.

Prissy le había escrito una carta; la sacó de un bolsillo y me la dio. Era la escritura pequeña de Prissy, y sólo decía que sus atenciones «no eran bienvenidas» y que debía «hacer el bien de evitarlas». No era de extrañar que el pobre hombre hubiese ido a ver a Lizzie Pye.

—Stephen, me sorprende que usted crea que Prissy escribió esa carta.

—Es su letra —respondió testarudo.


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