Historias de Avonlea

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Anne apartó sus sueños, pensando que debía obrar con tacto y retirarse, pues Ludovic festejaba a Theodora. Todo Grafton lo sabía y si aún quedaba alguien que lo ignoraba, no era porque le faltara tiempo para enterarse. Desde hacía quince años, Ludovic subía a la loma con su andar rutinario e invariable para ver a Theodora. Cuando Anne, que tenía la lógica y el romanticismo de la juventud, se levantó para retirarse, Theodora, con la franqueza y el sentido práctico de su madurez, le dijo con un guiño.

—No te apures, chica. Siéntate y sé franca. Has visto a Ludovic venir, bajando la loma, y crees que molestarás, pero no es así. Ludovic siempre prefiere que alguien esté presente, y yo también. Eso estimula la conversación. Cuando un hombre viene visitándote dos veces a la semana desde hace quince años, una se acostumbra a hablar por monosílabos.

Sus relaciones con Ludovic nunca avergonzaron a Theodora. No le incomodaba referirse a él como a su lento festejante, y hasta parecía divertirla.

Anne volvió a sentarse y ambas observaron a Ludovic, que venía por el sendero mirando tranquilamente a su alrededor, contemplando los campos de tréboles y los azules meandros del río, que se retorcían por el neblinoso valle.


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