Rilla la de Ingleside
Rilla la de Ingleside —Lieja y Namur… ¡y ahora Bruselas! —El doctor sacudió la cabeza—. No me gusta… no me gusta nada.
—No se descorazone, querido doctor, estaban defendidas por extranjeros —dijo Susan con aire soberbio—. Espere a que los alemanes se encuentren con los ingleses; ésa va a ser otra historia, se lo puedo asegurar.
El doctor volvió a sacudir la cabeza, pero menos preocupado; quizás, inconscientemente compartÃa la creencia de Susan de que la «delgada lÃnea gris» era inquebrantable y resistente incluso frente a la victoriosa horda de alemanes. Sea como fuere, cuando llegó el dÃa terrible —el primero de muchos dÃas terribles— con la noticia de que el ejército británico habÃa tenido que retroceder, se miraron entre sà con desesperación.
—No… No es cierto, no puede ser —dijo Nan con la voz entrecortada, refugiándose en una incredulidad temporaria.
—Tuve el presentimiento de que hoy Ãbamos a recibir malas noticias —dijo Susan—. Porque esa criatura-gato se transformó en el señor Hyde esta mañana sin ninguna razón aparente, y semejante cosa no podÃa ser un buen augurio.
