Rilla la de Ingleside
Rilla la de Ingleside Cerca del atardecer, Rilla tenía el carro lleno de paquetes y se preguntó si valdría la pena entrar en la casa de los Anderson. Los Anderson eran muy pobres y seguramente la señora Anderson no tendría nada para donar. Por otra parte, el marido, que era inglés de nacimiento, se había marchado a Inglaterra a enrolarse y se decía que nunca más habían oído hablar de él, que ni siquiera había enviado un poco de dinero a su hogar. Rilla pensó todo eso, pero después le pareció que la señora Anderson podía sentirse ofendida si no la tenía en cuenta, así que decidió entrar. Un tiempo después iba a desear no haber entrado nunca, pero con los años, llegó a dar las gracias por haberlo hecho.
La casa de los Anderson era pequeña y estaba casi derruida, agazapada detrás de un bosque de abetos desvencijados cerca de la costa, como avergonzada de sí misma o ansiosa de ocultarse. Rilla ató el flaco caballo a la cerca destartalada y fue hacia la puerta. Estaba abierta y lo que vio detrás la dejó paralizada y sin habla por un momento.