Rilla la de Ingleside

Rilla la de Ingleside

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Por la puerta entreabierta del pequeño dormitorio, justo frente a ella, Rilla vio a la señora Anderson tendida en una cama deshecha. Y muerta. No cabía la menor duda de que la señora Anderson estaba muerta ni tampoco de la vitalidad de la otra señora, obesa y desaliñada, de cabellos y cara rojos, sentada cerca de la puerta, fumando. Esa mujer se mecía y sin hacer nada en medio del desorden que había a su alrededor y no prestaba atención alguna al llanto penetrante que provenía de una cuna colocada en el centro de la habitación.

Rilla conocía a la mujer de vista y por comentarios. Era la señora Conover, vivía en la villa de los pescadores; era tía abuela de la señora Anderson y bebía y fumaba en pipa. Su primer impulso fue de girar sobre los talones y escapar. Pero se dio cuenta de que eso no serviría de nada. Quizás esa mujer, que parecía tan repugnante, necesitaba ayuda… aunque ciertamente no demostraba ninguna preocupación.

—Pasa —le dijo mientras se quitaba la pipa de la boca y la miraba con ojos arratonados.

—¿La señora Anderson está muerta? —preguntó Rilla y avanzó un poco más.

—Muerta como una estatua —respondió la señora Conover—. Estiró la pata hace media hora. Mandé a Jen Conover a buscar al sepulturero y alguien más para ayudar a la costa. ¿Tú eres la hija del doctor, no?

—¿Fue… fue de repente?


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