Rilla la de Ingleside
Rilla la de Ingleside Rilla guardó su diario y salió al jardÃn. Era un magnÃfico atardecer primaveral. El gran valle verde se iba llenando de oscuridad y más atrás se veÃan praderas en medio del crepúsculo. El puerto estaba radiante, violeta por un lado, azulino más allá y el resto más grisáceo. El monte de arces se estaba volviendo verde brumoso. Miró a su alrededor con ojos melancólicos. ¿Quién dijo que la primavera era la estación más alegre del año? Era el tiempo de la angustia, y las mañanas rosadas, las estrellas radiantes y el viento en el viejo pino no eran más que punzadas de esa angustia. ¿LlegarÃa un dÃa en que la vida estuviera libre de ese espanto?
—Es bueno ver el atardecer aquà otra vez —dijo Walter reuniéndose con ella—. En realidad me habÃa olvidado de que el mar era tan azul, los caminos tan rojos y los bosques llenos de hadas. SÃ, las hadas están aquà todavÃa. Te juro que soy capaz de encontrar una gran cantidad de hadas debajo de las violetas del Valle del Arco Iris.
Por un momento, Rilla se sintió aliviada. Esas frases parecÃan del Walter de antaño. TenÃa la esperanza de que él se hubiera olvidado de algunas cosas que lo perturbaban.