Rilla la de Ingleside
Rilla la de Ingleside —No digo que hicieron bien ni digo que hicieron mal —observó Susan cuando se enteró—. Pero lo que sà digo es que no me hubiera disgustado tirarle unas cuantas piedras yo misma. Una cosa es segura: el dÃa que llegaron las noticias, Patillas en la Luna dijo en el correo en presencia de testigos que aquellos que no se quedaron en sus casas luego de haber sido advertidos no merecÃan un destino mejor. Norman Douglas echa espuma por la boca. «Si el demonio no se lleva a esos hombres que hundieron el Lusitania, no existe», gritaba anoche en la tienda de Carter. Norman Douglas siempre pensó que cualquiera que está en su contra está del lado del demonio, pero un hombre asà puede tener razón, de tanto en tanto. Bruce Meredith se preocupa por los bebés que se ahogaron. Y parece que rezó por algo muy especial el viernes último y no lo consiguió, cosa que lo dejó de muy mal ánimo. Pero cuando se enteró del hundimiento dijo a su madre que ahora entendÃa por qué Dios no respondÃa a su plegaria: estaba ocupado atendiendo las almas de toda la gente que murió. El cerebro de ese chico tiene cien años más que su cuerpo, mi querida señora. En cuando al Lusitania, es una tragedia, eso es seguro y no importa de qué lado se lo piense. Pero Woodrow Wilson va a escribir una nota al respecto, asà que ¿para qué preocuparse? ¡Vaya presidente! —Susan golpeó las ollas con furia. El presidente Wilson se estaba convirtiendo en un anatema en la cocina.