Rilla la de Ingleside
Rilla la de Ingleside Y lo vieron. El domingo siguiente Miller Douglas entró en la iglesia de Glen al lado de Mary Vance, vestido con uniforme. Y era tanto el orgullo de Mary que sus ojos blancos casi relampagueaban. Joe Milgrave, que estaba en el fondo, miró a Miller y a Mary, luego a Miranda Pryor y lanzó un suspiro tan profundo que todos los que estaban en un radio de tres bancos se enteraron de su tristeza. Walter Blythe no suspiró. Pero Rilla, que lo miraba con atención, vio una expresión que le atravesó el corazón. Esa expresión la acosó toda la semana y le llenó el alma de amargura, y todo eso, se sumó a su preocupación por el inminente concierto de la Cruz Roja y los inconvenientes que surgían al respecto. El resfrío de Reese no había terminado en tos convulsa, así que ese tema se había resuelto. Pero había otros problemas; y el día anterior al concierto llegó una carta de la señora Channing anunciando con pesar que no podía presentarse para cantar. Su hijo, que estaba en Kingsport con el regimiento, padecía una grave neumonía y ella tenía que ir a cuidarlo. Los miembros de la comisión organizadora del concierto se miraron con horror. ¿Qué se podía hacer?
—Esto pasa por depender de gente de afuera —declaró Olive Kirk de mal modo.