Rilla la de Ingleside
Rilla la de Ingleside Antes de que la señora Blythe pudiera responder, Susan asomó la cabeza por el hueco de la puerta. Como siempre, no pensaba en algo tan superfluo como golpear antes de entrar. TenÃa los ojos sospechosamente enrojecidos, pero se limitó a decir:
—¿Quiere que le traiga el desayuno, mi querida señora?
—No, no, Susan, ya bajamos. ¿SabÃas que… Walter se enroló?
—SÃ, mi querida señora, me lo dijo el doctor anoche. Supongo que el Todopoderoso tendrá sus razones para permitir cosas asÃ. Tenemos que dedicar nuestras energÃas a pensar en el lado bueno. Es posible que lo cure de su idea de ser poeta, por lo menos. —Susan opinaba que los poetas y los vagabundos eran la misma cosa—. Eso ya serÃa bastante. Y gracias a Dios —murmuró en tono más bajo— que Shirley no tiene edad para ir.
—¿Estás dando las gracias por el hecho de que el que va a tener que ir en lugar de Shirley es hijo de otra mujer? —preguntó el doctor, que pasaba por la puerta.