Rilla la de Ingleside
Rilla la de Ingleside —El tiempo lo dirá —respondió la prima Sophia, que se hubiera sentido indignada si alguien le hubiera dicho que preferÃa ver a Susan avergonzada como adivina que ver la caÃda de una tiranÃa, o aun la marcha de los aliados por Unter den Linden. Pero claro, los sufrimientos de los rusos eran desconocidos para la prima Sophia, y en cambio, esa Susan, siempre irritante y optimista, era una espina siempre presente en su costado.
En ese preciso momento, Shirley estaba sentado sobre el extremo de la mesa de la sala, balanceando las piernas en el aire: un muchacho moreno, fornido, saludable de la cabeza a los pies.
—Mamá y papá —dijo con tranquilidad—: el lunes pasado cumplà dieciocho años. ¿No creen que es hora de que me enrole?
La pálida madre fijó su mirada en él.
—Dos de mis hijos se han ido y uno no va a volver nunca. ¿También tengo que entregarte a ti, Shirley?
La protesta antigua como el tiempo: «José no está y Simeón no está; y te llevarás a BenjamÃn». ¡Cómo repetÃan las madres de la Gran Guerra el lamento del viejo Patriarca, ese lamento que tenÃa tantos siglos antes!
—¿No querrÃas que fuera un cobarde, verdad, mamá? Puedo entrar en la aviación. ¿Qué dices, papá?