Rilla la de Ingleside

Rilla la de Ingleside

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Las manos del doctor temblaron mientras preparaba la mezcla de polvos para el reumatismo de Abbie Flagg. Había sabido que llegaría ese momento, pero no estaba del todo preparado para él. Contestó muy despacio:

—No voy a tratar de impedir que hagas lo que crees que es tu deber. Pero no vas a ir a menos que tu madre te dé su aprobación.

Shirley no dijo nada más. No era un joven de muchas palabras. Ana no abrió la boca tampoco. Pensaba en la tumba de la pequeña Joyce en el viejo cementerio del puerto; la pequeña Joyce que, si hubiera vivido, ahora sería mujer; en la cruz blanca en Francia y en los espléndidos ojos grises del chiquillo qué había aprendido sus primeras lecciones de deber y lealtad sobre sus rodillas… en Jem, en las terribles trincheras, en Nan, Di y Rilla, esperando… esperando… esperando, mientras pasaban los años dorados de la juventud. Se preguntó si podría soportar más. Creía que no; sin duda había entregado suficiente. Y sin embargo, esa noche le dijo a Shirley que podía ir.

No se lo contaron a Susan enseguida. Ella no se enteró hasta que unos días más tarde, Shirley se presentó en la cocina con el uniforme de aviador. Susan no hizo la mitad del aspaviento que había hecho cuando partieron Jem y Walter. Dijo con voz pétrea:

—Así que te llevan, también.


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