Rilla la de Ingleside

Rilla la de Ingleside

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—¿Llevarme? No. Yo me voy, Susan. Tengo que hacerlo.

Susan se sentó junto a la mesa, entrelazó las manos viejas y llenas de nudos que se habían vuelto ásperas y torcidas de trabajar para los niños de Ingleside y dijo:

—Sí, tienes que ir, es cierto. Antes no entendía por qué tenían que ser así las cosas, pero ahora sí.

—Eres de primera, Susan —respondió Shirley. Era un alivio para él que Susan lo tomara con tanta tranquilidad. Como todo muchacho, le tenía horror a las «escenas». Salió silbando alegremente. Media hora más tarde, cuando la pálida Ana Blythe entró en la cocina, Susan seguía en la misma posición.

—Mi querida señora —dijo Susan haciendo una confesión que en un tiempo jamás habría salido de sus labios—. Me siento muy vieja. Jem y Walter eran suyos, pero Shirley es mío. Y no soporto la idea de él volando, de la máquina estrellándose, de la vida escapándose de su cuerpo, el cuerpito que yo cuidé y mimé cuando era un diminuto bebé.

—Susan… basta —exclamó Ana.


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