Rilla la de Ingleside

Rilla la de Ingleside

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30. La marea cambia

Susan se sintió apenada al ver cómo habían arado el hermoso césped de Ingleside para plantar papas en primavera. Pero no dijo una palabra a pesar de que tuvo que sacrificar su cantero de peonías. Sin embargo, cuando el gobierno dispuso adelantar la hora para aprovechar mejor la luz solar, Susan se opuso. Existía un Poder Mayor que el Gobierno de la Unión al que Susan debía obediencia.

—¿A usted le parece correcto inmiscuirse en la organización del Todopoderoso? —demandó indignada, dirigiéndose al doctor.

El doctor, con bastante indiferencia, le respondió que se debía respetar la ley y que había que adelantar los relojes. Pero el doctor no ejercía ningún poder sobre el pequeño reloj despertador de Susan.

—Éste lo compré yo con mi dinero, querido doctor —dijo seria—, así que va a seguir marcando la hora de Dios y no la de Borden.

Susan se levantaba y se iba a dormir de acuerdo con la «hora del Señor» y regulaba sus salidas y entradas según la misma. Las comidas las servía, protesta mediante, según la hora de Borden y del mismo modo iba a la iglesia, cosa que le parecía el colmo de los agravios. Pero rezaba y alimentaba a las gallinas según su reloj, de manera que siempre miraba al doctor con un brillo de triunfo furtivo en sus ojos. Por lo menos en algo lo había vencido.


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