Rilla la de Ingleside

Rilla la de Ingleside

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Rilla tuvo una «noche blanca» y no se durmió hasta muy tarde. Al despertar vio que Gertrude Oliver estaba inclinada sobre la ventana buscando un encuentro con el misterio plateado del amanecer. Su perfil, sagaz, llamativo, enmarcado por el pelo negro y voluminoso, se destacaba con claridad contra el dorado pálido del cielo oriental. Rilla recordó que Jem admiraba las líneas de las cejas y el mentón de la señorita Oliver y sintió un escalofrío. Las cosas que le recordaban a Jem le hacían sentir un dolor intolerable. La muerte de Walter le había dejado una herida profunda en el corazón. Pero había sido una herida limpia y, como todas, se había curado lentamente, dejando una cicatriz para siempre. La tortura de la desaparición de Jem era algo diferente, era una herida envenenada, y no cicatrizaba. Ese alternar constante entre esperanza y desilusión, la espera diaria de una carta que nunca llega, y que quizá nunca llegará, el informe en los diarios sobre el maltrato que recibían los prisioneros, la incertidumbre amarga sobre el tipo de herida que había sufrido Jem, eran todas cosas muy difíciles de soportar.

Gertrude Oliver se volvió. Tenía un raro brillo en los ojos:

—Rilla, tuve otro sueño.

—Ay, no, no —exclamó Rilla; los sueños de la señorita Oliver siempre presagiaban algún desastre.


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