Rilla la de Ingleside
Rilla la de Ingleside Esta mañana fui a la ciudad y me entrevisté con el abogado de la señora Pitman, un hombrecillo delgado y anguloso, que habló de su clienta con tanto respeto que era evidente que estaba tan dominado por ella como Robert y Amelia. Le redactó un testamento nuevo un tiempo antes de su muerte. Poseía treinta mil dólares, que en gran parte heredó Amelia Chapley. Pero dejó cinco mil dólares a mi nombre, en fideicomiso para Jims. El interés se usará como yo crea conveniente para su educación y el capital se le entregará cuando cumpla veinte años. No hay duda de que Jims nació bajo una buena estrella. Yo lo salvé de una muerte lenta a manos de la señora Conover… Mary Vance lo salvó de morir de crup diftérico… su estrella lo salvó cuando cayó del tren. ¡Y ahora esta herencia! Es evidente, como dijo la señora Pitman y como yo siempre creí, que no es un niño común y que tampoco lo espera un destino común.
En cualquier caso, tiene el futuro asegurado y Jim Anderson no podrá despilfarrarse la herencia aunque quiera. Ahora, si la madrastra inglesa es una buena mujer, me puedo sentir muy tranquila respecto del porvenir de mi bebé de guerra.
Me pregunto qué pensarán del asunto Robert y Amelia. ¡Calculo que después de esto van a clausurar con tablas las ventanas cuando se vayan de su casa!