Rilla la de Ingleside
Rilla la de Ingleside Rilla sonrió y apretó la mejilla contra los rizos de Jims. Sabía que ese niñito alegre no era malcriado. Pero detrás de la sonrisa se ocultaba un corazón ansioso. Ella también pensaba mucho en la nueva señora Anderson y se preguntaba cómo sería.
«¡No puedo entregar a Jims a una mujer que no lo quiera!», pensaba con rebeldía.
—Me parece que va a llover —anunció la prima Sophia—. Llovió mucho este otoño. En mi juventud no era así. Teníamos un tiempo hermoso en octubre. Pero las estaciones ya no son como antes.
Se oyó el teléfono por encima de la voz sombría de la prima Sophia. Gertrude atendió.
—Sí. ¿Cómo? ¿Qué dice? ¿Es oficial? Gracias… gracias.
Gertrude se volvió en un gesto teatral. Le relampagueaban los ojos y se había sonrojado de emoción. De pronto, el Sol se abrió paso entre las nubes y se filtró por entre las ramas rojas del arce afuera de la ventana. El brillo la envolvió en una llama extraña, etérea. Parecía una sacerdotisa que llevara a cabo un rito místico.
—Alemania y Austria piden la paz —anunció.
Rilla perdió la cabeza por unos minutos. Se puso de pie de un salto y bailó por la habitación, aplaudiendo, riendo y llorando a la vez.